Un símbolo antiguo, contenido en oro y silencio.
Estos aretes reinterpretan la rana precolombina, figura recurrente en la orfebrería de culturas como la Quimbaya, Tairona y Sinú, donde este animal encarnaba la fertilidad, la lluvia y la regeneración de la vida.
De formas suaves y volumen esencial, la pieza captura la quietud ritual de la rana: un ser de transición entre agua y tierra, asociado al equilibrio natural y al renacer cíclico. En el centro, dos esmeraldas naturales de Muzo, Boyacá —de tono profundo e intensidad natural— introduce la energía viva de la tierra, como un punto de origen.
Elaborados a mano en bronce con doble cubierta en oro de 24k, estos aretes no replican el pasado: lo condensan en una forma pura, íntima y atemporal.
Una pieza única.
Un gesto de lujo silencioso que respira vida.